jueves, 19 de mayo de 2016

III

Que como te echo de menos no hay el mundo un castigo.
Quizá por el capricho de irte sin mirar atrás,
Quizá por el verdadero deseo de dejarme atrás,
Quizá porque la situación ya estaba de más.
Lo que realmente duele en las despedidas no son estas, es el portazo. Es el nudo y las palabras en la garganta que no te dejan hablar. Son las frases que ya nunca dirás, que queman en tu lengua, que cortan. Es el sentimiento de culpabilidad, rabia, impotencia, y quién sabe… quizá miedo.  Miedo al qué vendrá. Pero qué más da.
“Pero” maldita palabra. Pero lo realmente importante, siempre viene delante del pero.

Estamos condenados a las despedidas. Y nuestro primer llanto al nacer lo anuncia. Porque sí, porque irremediablamente, todo el mundo se acabará yendo. Pero tú no. No te abandones. El amor propio es la pólvora y explosión de todos los demás. El amor propio, es el único que nace y muere contigo. Quiere tus virtudes, y sobre todo tus defectos. Quiere cada cicatriz, y lo que ella te dejó y marcó.

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