jueves, 19 de mayo de 2016

IV

Que aunque parezca extraño te quiero devorar

Quiero devorar cada pedazo de ti, para tenerte más dentro de mí y conmigo, si cabe. Porque realmente no sé si esto será posible. Quizá una utopía.
Ya vas dentro, ya vas en  lo más profundo de mi alma, de mi ser. Intangible.
Como el rayo de sol que, quieras o no, en contacto con tu piel, produce un cambio, a veces irreversible.
Como los ojos, que desde el primer día que ves, sabes que quieren decirte algo, pero no sabes exactamente el qué.
Hablemos de (tus) ojos.
Ojos que consiguen hacer florecer a las mariposas que viven dentro de ti.
Ojos que inyectan energía, que dan vida.
Ojos que además de ver, miran.
Ojos que roban suspiros, pero nunca sueños.
Ojos que provocan escalofríos.
Ojos que rompen escudos y miedos.
Ojos que tocan por dentro.
Ojos que consiguen parar y hacer que el tiempo vuele a la vez.
Ojos que dilatan sus pupilas, porque están ante otros que hacen sentir exactamente lo mismo. Hablemos de (mis) ojos.
O mejor otro día.

III

Que como te echo de menos no hay el mundo un castigo.
Quizá por el capricho de irte sin mirar atrás,
Quizá por el verdadero deseo de dejarme atrás,
Quizá porque la situación ya estaba de más.
Lo que realmente duele en las despedidas no son estas, es el portazo. Es el nudo y las palabras en la garganta que no te dejan hablar. Son las frases que ya nunca dirás, que queman en tu lengua, que cortan. Es el sentimiento de culpabilidad, rabia, impotencia, y quién sabe… quizá miedo.  Miedo al qué vendrá. Pero qué más da.
“Pero” maldita palabra. Pero lo realmente importante, siempre viene delante del pero.

Estamos condenados a las despedidas. Y nuestro primer llanto al nacer lo anuncia. Porque sí, porque irremediablamente, todo el mundo se acabará yendo. Pero tú no. No te abandones. El amor propio es la pólvora y explosión de todos los demás. El amor propio, es el único que nace y muere contigo. Quiere tus virtudes, y sobre todo tus defectos. Quiere cada cicatriz, y lo que ella te dejó y marcó.