Malvenido septiembre. Con tu respectiva nostalgia, las ganas
de volver a dorarse la piel bajo el sol de julio como hacíamos hace apenas unos
meses. Ganas de volver que no pueden ser, que apunto de conseguirlo, solo
pueden resquebrajarse, y finalmente, romperse. Como lo nuestro. Como yo cuando
te dejé ir.
La paz cesó. La estabilidad, de su mano, también.
Las lágrimas resbaladizas hoy suben de nuevo por las
mejillas, y se disponen en estas dos pupilas casi negras. Los gritos dedicados
se quedan aturdidos y perdidos en el aire. Los reproches se han enamorado de la
indiferencia. Las peleas ya no tienen sentido, y poco a poco dejan de existir.
Las cosquillas se evaporan, y el cosquilleo en el estómago
con nombre propio se va volando, junto a mi ilusión, y mis ganas de verte. Las
caricias regaladas en nuestro portal se vuelven cenizas escondidas en la piel,
que ya no queman, pero sí hacen daño.
Los abrazos de vital necesidad se deshacen, uno a uno, los
brazos quedan bien pegados al tronco, ya no tienen intención de moverse. El
viaje a París lleno de planes es solo una mentira, un destello de dos segundos.
Las notas musicales del violín chirrían en mi oído.
Las mordidas se han agotado. Las sábanas ya no son un
refugio, son una lija en la piel. El calor interior quema debido a su inmensa
frialdad. Los suspiros y las risas se quedan atrapados en la boca, dicen que no
quieren salir.
Los labios que dan el primer beso se separan, los pies
retroceden, las caras se vuelven, los pies caminan y las siluetas se difuminan.
El desconocimiento llega, la identidad no está clara, y el
gesto de sonreír es olvidado. Adiós al incendio.